Menores e intimidad: Cuando los demás son objetos – Familias Comprometidas

Menores e intimidad: Cuando los demás son objetos

Una chica cuelga su foto, inocente, en su muro de una red social. Algo normal. Suele hacerse. Al cabo de unos días empieza a notar que algunas personas, en principio extrañas, la miran con interés, como si la conocieran. Algunas de ellas, incluso, le dicen algo con respecto a una foto suya a la que han podido acceder. Son palabras insinuantes. Algunas preocupantes. Como preocupante es convertirse en foco de atención sin quererlo. La cosa no queda ahí. En el propio Instituto alguien ha hecho copias en papel de la foto que, sin demasiadas reservas, está alojada en una red social. Todos la miran, la señalan, es el punto de referencia… ¿Pero referencia de qué?

El Defensor del Menor ha desarrollado una campaña sobre los riesgos de colgar imágenes en Internet sin la suficiente reflexión de lo que se hace. La campaña ha girado en torno a un spot televisivo cuyo lema, “en la Web, tu imagen es de todo el mundo”, describe de modo explícito la facilidad con que puede verse afectado nuestro derecho a la intimidad cuando situamos en el espacio virtual nuestra imagen, más o menos controvertida, nuestros datos y referencias personales. O cuando son allí ubicadas por terceros o simplemente utilizadas por éstos últimos. Al final, mi imagen, mis referencias, tratadas como una cosa, como un objeto. Manejable, manipulable, utilizable por quién sabe quién. Son muchos los escenarios que podemos intuir al respecto de lo citado. Se conocen, se van dando a conocer. Son descubiertos, detectados.

 Una imagen vale más que mil palabras, reza el dicho. A veces, esta expresión se queda corta. Muy corta. No somos objetos. Las personas no somos objetos. Hay cosas que hablan de nosotros, que nos definen o representan. Cosas que muestran nuestra identidad, nos hacen visibles, tangibles, interpretables. Pero son cosas nuestras. De nadie más. Hasta que dejan de ser nuestras y nuestra vida pasa a ser de común observación o lectura.

¿Qué es el Grooming? : Es cuando se manifiesta el acoso sexual en la Red hacia los menores donde previamente ha habido una estrategia de acercamiento por parte del acosador con el fin de ganarse la confianza del menor para iniciar su chantaje.

 Tratar a los demás como meros objetos. Como si las cosas no fueran con ellos. Como si nada pasara. Sin pensar en las consecuencias. Incluso cuando no subyace mala fe ni escabrosas intenciones. Incluso cuando lo que pretendemos es, simple y llanamente, divertirnos un poco. Esto siempre ha pasado, se dice. Siempre hemos utilizado a alguien para provocar risas, dar a conocer debilidades, ridiculizar. Contar cosas íntimas de alguien o inventar hechos o vivencias indeseables de algún compañero. Colgar un cartel ofensivo en el tablón de anuncios del colegio haciéndonos pasar por otro o garabatear líneas o dibujos  ofensivos en la foto de una compañera que ha llegado a nuestras manos después de que alguien la haya sustraído de su carpeta del instituto… y pincharla en el corcho de la clase… Insisto, ridiculizar, sin más. El coro de compañeros ríe, se carcajea. Se muestra ufano, arrogante. Chulea de su atrevimiento, presume de su gracia, de su inacabable imaginación. Y pobre de aquel que no se mofe si se encuentra cerca de los depravados listillos.

La infancia y la adolescencia son etapas en las que aprendemos poco a poco a conocer la esencia de términos como el respeto, la dignidad, la empatía, la comprensión, y, por qué no, la compasión. En el camino, en este complejo tránsito de aprendizaje social y ciudadano, no es infrecuente equivocarse, dejarse llevar por la presión del grupo o por las propias inclinaciones. El objetivo, jugar simplemente, entretenerse, trastear, o, a veces, herir. Los medios, el cómo, utilizar a otro como un objeto, servirse de él, de su aspecto, características, defectos y, a veces, virtudes. Atacar las virtudes… Te gusta estudiar y casi no lo puedes decir porque te conviertes en objeto de risas y bromas. Lo que mola es mofarse del instituto, de los estudios, e, incluso, de algunos profesores.

Te dolió mucho hace unos días que se riera de ti tu admirada Carla. Te tiene enamorado desde hace mucho tiempo. En un corrillo alguien te lanzó una puya. Y ella lo celebró con una carcajada que te heló la sangre. Te sentiste ridículo, te compadeciste de ti mismo”.

El otro como un objeto. El resultado, para qué, la risa fácil, el cachondeo, pasar el rato. Sin meditar las consecuencias. Sin mediar la más mínima reflexión de lo que puede pasar por la mente y el corazón de aquel objeto de la burla, de la chanza, del engaño. Normalmente compañeros, iguales, a veces incluso amigos. Mucho se ha hablado ya del maltrato entre iguales, del acoso al que se somete a compañeros de clase o vecinos por parte de chicos o chicas del entorno, conocidos casi siempre. Este fenómeno, una experiencia dolorosa donde las haya para quien las sufre, supone ordinariamente una afrenta grave a la personalidad, un deleznable escenario en el que sojuzgar, dominar y hundir se convierten en las acciones básicas de una terrible experiencia de relación. Cada ocasión en que se maltrata a un compañero, se le veja, insulta, amenaza o excluye se produce un incuestionable ataque a su dignidad personal y, en no pocas veces, atentando de manera flagrante contra su intimidad, su honor o su imagen.

La dignidad, en el fondo (y en la superficie) claramente vapuleada. La autoestima, como resultado, bajo mínimos. Las perspectivas de crecimiento y desarrollo junto a los demás, con los demás, echadas a perder. Perdidas las ganas, la ilusión por estar y ser con los demás. La soledad como referencia. El silencio como compañía. ¿Para qué luchar? Hay mucho detrás de todas estas palabras. Mucho dolor, sufrimiento y desánimo. Ser tratado como un objeto. Mi corazón, mi alma, mi honor, mi imagen, mi dignidad en las manos, sucias, de algunos. Sí, solo de algunos, pero de los que pesan, mandan y son referentes de los demás. Sin miramientos ni control.

El modelo de los adultos: usos frecuentes (desgraciadamente)

Hablar de intimidad parece estar de moda. El respeto a la intimidad de las personas y, en especial, de los menores de edad, se ha convertido en un elemento de reflexión y debate público en estos últimos años. La razón parece evidente. Nos movemos en un escenario de comunicación en el que llegamos a todo, a casi cualquier cosa. Nos metemos en las casas de la gente, les preguntamos por sus vidas, les vemos llorar, reír, abrazarse, chillarse o acariciarse. O les llevamos a un plató de televisión. Y allí, entre luces y sombras (más de estas que de las otras) les instamos a que se abran. En canal. Que se desnuden de alma entera. Que nos viertan sus miserias, sus más íntimas confesiones, sus sueños y realidades, sus derrotas y pequeños éxitos. Todo a favor de un cuerpo conceptual de cuño preocupante: la audiencia.

Es verdad, no hay que dejar de decirlo. La mayor parte de estas ocasiones se cuecen con el consentimiento absoluto de sus protagonistas. No sabemos muy bien si realmente saben a qué se exponen, cuáles van a ser los impactos y consecuencias resultantes de su exposición ante los ojos, mentes y corazones de quienes, al otro lado de las pantallas, degluten toda suerte de imágenes, comentarios y realidades de mil y un personajes. Consecuencias a corto, medio y largo plazo. Que no se nos olvide. Pueden ser o no personajes públicos. Tanto da. A veces no da lo mismo, es cierto. Siempre da más juego la vida de quien parece famoso, de quien lo es por derecho propio. Se lo suelen haber ganado.

Pero lo real y difícilmente cuestionable es que penetramos con facilidad en el interior de muchas personas. Lo quieran (en este caso hay consentimiento) o no lo quieran; en este supuesto la controversia está servida. Y con razón. Los derechos al honor, a la intimidad o a la propia imagen puestos en solfa. Uno de ellos, dos o, incluso los tres cuestionados (tirados a la basura) en no pocas ocasiones. Sin más. Porque sí. Porque interesa. Porque hay que hacerlo, vende o, simplemente, llama la atención.

La acción de entrometerse es, sin duda, una de las claves de la cuestión. Es decir, meterse en donde no le llaman a uno, inmiscuirse en lo que no le toca… Entrar donde uno no tiene por qué hacerlo. Invadir la zona espiritual íntima de una persona… Estas son algunas de las referencias explicativas de los conceptos aquí inicialmente apuntados. Entrar en espacios que son de otro… con la excusa de informar, comunicar, o entretener. No está bien. Nada bien.

Las reflexiones que siguen pretenden partir de estas ideas iniciales, crecer al amparo de la observación de lo que viene siendo una costumbre, un hábito, un uso exagerado de la denominada libertad de expresión en unos casos, y, en otros, un absoluto ejercicio de falta de respeto a todo: al otro, a las normas que nos amparan, que defienden nuestra dignidad personal, aquéllas que invocan y apelan a una sociedad justa, ética.

El problema radica en el modelo, en lo que mostramos que se puede hacer, en lo que decimos que, incluso, hay que hacer. Socialmente hablando, no es este un momento, precisamente, en que dejemos constancia clara de lo que debe hacerse, de lo que es procedente, éticamente correcto. Y no por falta de evidencias o ejemplos de buenas prácticas, sino la notoriedad que alcanza la transgresión, el todo vale. Como organización social trabajamos por mejorar cada día, sin duda, deshacernos de nuestras miserias, encumbrar la lealtad, la excelencia, la calidad humana, el respeto y afecto por los demás, por lo que nos rodea. Pero entre líneas de nuestros intentos más fervorosos se cuela lo indeseable. Aprovecha cualquier resquicio para armar lo ominoso, lo deleznable.

Invadir al otro, a los otros, ponerle a los pies de los caballos, interferir en sus deseos, comportamientos y vidas. Penetrar en su corazón… y mostrarlo sin pudor para que todos lo puedan ver, su color, su cadencia, sus arritmias y, sobre todo, si es posible, sus soplos, sus imperfecciones. Las tecnologías de la comunicación llegan ya a cualquier parte y todos, de una u otra manera, podemos presenciar lo que alguien quiere mostrar sobre otro alguien. Sin demasiados tapujos ni entretelas.

 

Autor: José Antonio Luengo Latorre

 

 

 

Leave a reply:

Your email address will not be published.